Introducción

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Como pastores de la Iglesia queremos manifestar nuestro compromiso irrenunciable de proteger y defender la inocencia de los niños, “porque de los que son como ellos, es el Reino de los Cielos” (Mt 19, 14). Los niños y los jóvenes son el tesoro de nuestras familias, de la sociedad y de la Iglesia. “Entre las importantes responsabilidades del Obispo diocesano para asegurar el bien común de los fieles y, especialmente, la protección de los niños y de los jóvenes, está el deber de dar una respuesta adecuada a los eventuales casos de abuso sexual de menores cometidos en su Diócesis por parte del clero. Dicha respuesta conlleva instituir procedimientos adecuados tanto para asistir a las víctimas de tales abusos como para la formación de la comunidad eclesial en vista de la protección de los menores. En ella se deberá implementar la aplicación del derecho canónico en la materia y, al mismo tiempo, se deberán tener en cuenta las disposiciones de las leyes civiles”1.

El tenor de los lineamientos que ahora se han de seguir ante eventuales casos de abusos sexuales contra menores de edad o adultos vulnerables es el mismo que han proclamado con firmeza los Sumos Pontífices2.

Cabe recordar las palabras de San Juan Pablo II, lamentándose por estos actos cometidos: “A causa del grave daño provocado por algunos sacerdotes y religiosos, la Iglesia misma es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido por la manera en que han percibido la acción de los líderes de la Iglesia en esta materia. El tipo de abuso que ha causado esta crisis es en todos los sentidos equivocado y justamente considerado como un crimen por la sociedad; es también un espantoso pecado a los ojos de Dios”, y añade después: “A las víctimas y a sus familias, dondequiera que se encuentren, le expreso mi profundo sentimiento de solidaridad y mi preocupación”.

También las palabras del Papa Francisco nos alientan a trabajar en esta dura tarea con la convenida diligencia: “(…) se debe continuar haciendo todo lo posible para erradicar de la Iglesia el flagelo del abuso sexual de menores, y abrir un camino de reconciliación y curación para quien ha sufrido abusos”. Sin temer ante la dureza que puede llegar a suponer aceptar algunas veces la verdad, el Santo Padre afirma rotundamente: “(…) no hay absolutamente lugar en el ministerio para los que abusan de menores”.

El sentir de la Iglesia al mirar y tratar los casos de abuso sexual de menores y adultos vulnerables por parte de clérigos es claro. No se busca evitar los escándalos ni disminuir responsabilidades. Lo que se quiere es esclarecer el hecho con la debida prudencia y conocer la verdad para emitir un juicio justo. La Iglesia, como madre y maestra que es, ha de estar dispuesta a acoger a las víctimas para abrirles un camino de curación; y a los agresores, para tratarlos con justicia y caridad. Tenemos que desarrollar protocolos de prevención para evitar casos en el futuro para que la iglesia sea un lugar seguro para todos.

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