Preámbulo

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Desde 2002, la Iglesia en los Estados Unidos ha experimentado una crisis sin precedente en nuestros tiempos. El abuso sexual1 de niños y jóvenes cometido por algunos diáconos, sacerdotes y obispos, y la manera en que se trató con estos delitos y pecados, han causado un enorme dolor, ira y confusión a las víctimas, sus familias y la Iglesia en su conjunto. Como obispos, hemos reconocido nuestros errores y nuestro rol en ese sufrimiento; pedimos perdón y asumimos la responsabilidad nuevamente por haberles fallado frecuentemente a las víctimas y al pueblo católico en el pasado. Desde lo más hondo de nuestro corazón, nosotros, los obispos, expresamos nuestro profundo pesar y tristeza por lo que ha padecido el pueblo católico.

Compartimos la convicción del papa Francisco “de que se debe continuar haciendo todo lo posible para erradicar de la Iglesia el flagelo del abuso sexual de menores, y abrir un camino de reconciliación y curación para quien ha sufrido abusos” (Carta del Santo Padre Francisco a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores de los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica acerca de la Pontificia Comisión para la Tutela de Menores, 2 de febrero del 2015).

Una vez más, en el 2018, con esta revisión del Estatuto para la protección de niños y jóvenes, reafirmamos nuestro firme compromiso de sostener y fortalecer un ambiente seguro para niños y jóvenes dentro de la Iglesia. Hemos escuchado el profundo dolor y sufrimiento de aquellos que han sido víctimas de abuso sexual y continuaremos respondiendo a sus llamados. Nos hemos angustiado por la pecaminosidad, la criminalidad y el abuso de confianza perpetrados por algunos miembros del clero. De la mejor forma posible, hemos determinado la magnitud del problema del abuso de menores por parte del clero en nuestro país así como sus causas y contexto. Utilizaremos lo que hemos aprendido para fortalecer la protección que se da a los niños y jóvenes confiados a nuestro cuidado.

Continuamos brindando especial atención y afirmando nuestro compromiso de prestar ayuda a las víctimas del abuso sexual y a sus familias. El daño causado por el abuso sexual de menores es devastador y duradero. Pedimos perdón a cada víctima por el grave daño que se le ha infligido y le ofrecemos nuestra ayuda ahora y para el futuro. La pérdida de confianza, que a menudo es consecuencia de dicho abuso, es aún más trágica cuando conduce a la pérdida de la fe, la cual es nuestro deber sagrado promover. Hacemos nuestras las palabras de san Juan Pablo II que expresan que el abuso sexual de los jóvenes es “desde todos los puntos de vista. . . inmoral y, con razón, la sociedad lo considera un crimen; es también un pecado horrible a los ojos de Dios” (Discurso en la reunión interdicasterial con los cardenales de Estados Unidos, 23 de abril de 2002). Seguiremos ayudando a las víctimas a recuperarse de estos crímenes y nos esforzaremos para impedir que ocurran estas tragedias.

Junto con las víctimas y sus familias, toda la comunidad católica de este país ha sufrido a causa de este escándalo y de sus consecuencias. El intenso escrutinio público de la minoría de los ordenados que han traicionado su llamado, ha causado que la vasta mayoría de sacerdotes y diáconos fieles experimenten una enorme vulnerabilidad a ser malinterpretados en su ministerio y a menudo arroja sobre ellos una sombra de sospecha inmerecida. Compartimos con todos los sacerdotes y diáconos el firme compromiso de renovar la integridad de la vocación de las Órdenes sagradas, para que ésta se continúe percibiéndo como una vida de servicio hacia los demás, inspirada en el ejemplo de Cristo nuestro Señor.

Nosotros, a quienes se nos ha dado la responsabilidad de ser pastores del pueblo de Dios, con su ayuda y con la plena colaboración de todos los fieles, continuaremos trabajando para restaurar los vínculos de confianza que nos unen. Hemos visto que las palabras, por sí solas, no pueden lograr este objetivo. Seguiremos llevando a cabo acciones en nuestra Asamblea plenaria, y en casa, en nuestras diócesis/eparquías.

Sentimos una responsabilidad particular por “el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5:18) que Dios, quien nos reconcilió consigo por medio de Cristo, nos ha otorgado. El amor a Cristo nos impulsa a pedir el perdón por nuestras propias faltas pero también a llamar a todos —a los que han sido víctimas, a los que han pecado, y a todos los que han sentido la herida de este escándalo— a ser reconciliados con Dios y unos con otros.

Quizás, de manera nunca antes experimentada, sentimos cómo el poder del pecado ha tocado a toda nuestra familia eclesial en este país; pero como lo expresa audazmente san Pablo, a Cristo “que nunca cometió pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos” (2 Cor 5:21). Que nosotros, que hemos conocido el pecado, podamos experimentar también, por medio del espíritu de la reconciliación, la rectitud propia de Dios. Sabemos que tras un dolor tan profundo, la curación y la reconciliación están más allá de la capacidad humana. Sólo la gracia y la misericordia de Dios nos sacarán adelante, confiando en la promesa de Cristo: “para Dios todo es posible” (Mt 19:26).

Para cumplir con esta responsabilidad, confiamos en primer lugar en Dios Todopoderoso para que nos sostenga en la fe y en el discernimiento del camino correcto a seguir.

Recibimos la guía y el apoyo fraternal de la Santa Sede que nos sostiene en estos momentos de sufrimiento. En solidaridad con el papa Francisco, expresamos nuestro sincero amor y pesar por las víctimas de abuso.

Confiamos en los fieles católicos de Estados Unidos. En toda la nación y en cada diócesis/eparquía, la sabiduría y los conocimientos de los clérigos, los religiosos y los laicos contribuyen inmensamente a hacerle frente a los efectos de la crisis y a tomar medidas para resolverla. Estamos llenos de gratitud por su enorme fe, por su generosidad y por el apoyo espiritual y moral que recibimos de ellos.

Reconocemos y reafirmamos el fiel servicio de la vasta mayoría de nuestros sacerdotes y diáconos, y el amor que el pueblo siente hacia ellos. Ellos cuentan merecidamente con nuestra estima y con la del pueblo católico por su buena labor. Es lamentable que su dedicado testimonio ministerial haya sido ensombrecido por esta crisis.

En forma especial, reconocemos y agradecemos a las víctimas de abuso sexual cometido por clérigos y a sus familias, quienes han confiado lo suficiente en nosotros para compartir sus historias y para ayudarnos a comprender más plenamente las consecuencias de esta reprensible violación del deber sagrado. Con el papa Francisco, alabamos el valor de quienes se manifiestan en público sobre el abuso que sufrieron; sus acciones son “un servicio de amor al habernos traído luz sobre una terrible oscuridad en la vida de la Iglesia”. Oramos para que “los restos de la oscuridad que les tocó sean sanados” (Discurso a víctimas de abusos sexuales, 7 de julio de 2014).

Que ahora no haya duda ni confusión para nadie: Para nosotros, sus obispos, nuestra obligación de proteger a niños y a jóvenes, y de impedir el abuso sexual, emana de la misión y del ejemplo que nos dio Jesucristo mismo, en cuyo nombre servimos.

Mientras trabajamos para restaurar la confianza, recordamos la forma en que Jesús demostró una constante preocupación por los vulnerables. Él inauguró su ministerio con estas palabras del profeta Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. (Lc 4:18-19)

En Mateo 25, el Señor, en su comisión a los apóstoles y discípulos, les dijo que cada vez que demostraban su compasión y misericordia hacia los más débiles, demostraban su compasión hacia él.

Jesús extendió esta preocupación en forma tierna y urgente hacia los niños, reprendiendo a sus discípulos por mantenerlos alejados de él: “Dejen a los niños y no les impidan que vengan a mí” (Mt 19:14). E impartió la seria advertencia de que sería mejor, para todo el que llevara a los pequeños por mal camino, “que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar” (Mt 18:6).

Estas palabras del Señor nos parecen proféticas para este momento. Nosotros, los obispos, con la firme determinación de restaurar el vínculo de confianza, reafirmamos nuestro compromiso de trabajar constantemente en lo pastoral para reparar la brecha creada con los que han sufrido abuso sexual y con todo el pueblo de la Iglesia.

En este espíritu, en el curso de los dieciséis años pasados, los principios y los procedimientos de este Estatuto han sido incorporados a la vida eclesial:

  • El Secretariado para la protección de niños y jóvenes proporciona el enfoque coherente, continuo y global para crear un ambiente seguro para los jóvenes en toda la Iglesia en los Estados Unidos.
  • El Secretariado nos brinda también los medios para evaluar el logro de los objetivos del Estatuto, tal como lo demuestran sus informes anuales sobre la implementación del Estatuto, basados en unas auditorías independientes para su cumplimiento.
  • La Junta nacional de revisión está llevando a cabo su responsabilidad de asistir en la evaluación del cumplimiento del Estatuto para la protección de niños y jóvenes en las diócesis/eparquías.
  • El estudio descriptivo sobre la naturaleza y el alcance del abuso sexual de menores cometido por clérigos católicos en los Estados Unidos y que fuera encomendado por la Junta nacional de revisión, fue finalizado en febrero del El estudio resultante, que examina el histórico período entre 1950 y 2002, realizado por el John Jay College of Criminal Justice, nos brinda una poderosa herramienta no sólo para examinar nuestro pasado sino también para asegurar nuestro futuro contra esa mala conducta.
  • Los obispos de Estados Unidos le encargaron a la Junta nacional de revisión que supervisara la conclusión del Estudio sobre causas y contexto. Este estudio, que llama a una educación permanente, prevención situacional así como supervisión y rendición de cuentas, fue finalizado en el 2011.
  • En toda la nación se han establecido coordinadores de asistencia a las víctimas de abuso a fin de ayudar a las diócesis y eparquías a responder a las necesidades pastorales de estas persona.
  • Las juntas de revisión de cada diócesis/eparquía asesoran y ayudan enormemente a los obispos diocesanos/eparquiales a tomar las medidas necesarias para cumplir con las disposiciones del estatuo,
  • Se han establecido programas para fomentar ambientes seguros con el fin de ayudar a padres y a niños —y a los que trabajan con niños— para prevenir cualquier daño a los jóvenes. Estos programas buscan continuamente la incorporación de los avances de más utilidad en el campo de la protección infantil.

Mediante estas medidas, y de muchas otras, seguimos comprometidos con la seguridad de nuestros niños y jóvenes.

Aunque el número de casos denunciados de abuso sexual se ha reducido en el curso de los últimos dieciséis años, los efectos dañinos de este abuso continúan afectando tanto a las víctimas como a las diócesis/eparquías.

Por lo tanto, hemos revisado y modificado el Estatuto para la protección de niños y jóvenes con un sentido agudo del esfuerzo que aún se necesita para enfrentar plenamente los efectos de esta crisis y la sabiduría obtenida con la experiencia de estos últimos dieciséis años. Hoy reiteramos que ayudaremos en la curación de los que han sido lesionados, haremos todo lo que está en nuestro poder para proteger a niños y a jóvenes, y trabajaremos con nuestros clérigos, religiosos y laicos para restaurar la confianza y la armonía en nuestras comunidades de fe, mientras oramos para que venga a nosotros el Reino de Dios, aquí en la tierra, como en el cielo.

Para que se cumplan nuestros objetivos de crear un ambiente seguro para niños y jóvenes dentro de la Iglesia, y de impedir el abuso sexual de menores por clérigos en el futuro, nosotros, los miembros de la United States Conference of Catholic Bishops, hemos esbozado en este Estatuto una serie de medidas prácticas y pastorales que nos comprometemos a implementar en nuestras diócesis/eparquías:

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