II. Sistema para la cultura del cuidado

Lectura estimada: 16 minutos 1 vistas

Las notas al pie de este documento se consultan en el PDF original.

Acerca del Sistema

18. Los Obispos colombianos entendemos por “Sistema para la Cultura del Cuidado” esa realidad, articulada estructuralmente como un todo –no cerrado, sino abierto al crecimiento– en el cual hay permanente interacción entre sus partes y cumple unas funciones orientadas, en última instancia, a la vida plena de la Iglesia en Colombia.

Realidad en la que prima la promoción de la cultura del cuidado, de raíces profundamente evangélicas, y que sirve de medio para responder integralmente a la compleja situación de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia.

19. En cuanto Sistema abierto es una red entretejida constantemente e integrada por personas que son, al mismo tiempo, dadoras y receptoras de cuidado, que debe propiciar procesos de retroalimentación, evaluación y rendición de cuentas entre las personas y las entidades que lo integran en los diferentes niveles e interactuar en forma dinámica y constructiva con otros sistemas de la sociedad y del Estado.

No comprende una sola entidad, sino que implica, en diversos niveles,tanto a las entidades eclesiales como a las de la sociedad civil.

Tampoco es un mero conjunto de protocolos y procedimientos, sino una comunidad real y vital.

20. En cuanto Sistema que promueve la cultura del cuidado, reconocemos que cuidar, más que una acción, es un “paradigma”, arraigado en el Evangelio, que implica mirar, escuchar, asistir y vigilar con atención y delicadeza las acciones orientadas a todas las personas especialmente a los menores de edad y a las personas Requiere, por tanto, acompañar con la presencia y con el diálogo las interacciones de quien da y de quien recibe el cuidado.

Como cultura, es “cultivo” y, por tanto, proceso espacio-temporal, orientado a generar –o desarrollar– estilos y sistemas de vida y de comportamiento con sentido.

En definitiva, se trata de erradicar la “pseudo-cultura” de la indiferencia, del rechazo, de la violencia, con la conciencia de que los abusos son el resultado de una acción recíproca y compleja de momentos vitales críticos y factores interpersonales, institucionales, culturales y sociales.

21. Esa cultura del cuidado, de nosotros mismos y de otros, nos exige el reconocimiento de la fragilidad humana, consecuencia de su finitud y su naturaleza mortal: capaces de ser heridos y de herir, vulnerables y vulneradores en sus distintas formas (espiritual, física, psicológica, social, económica e institucional); “recipientes de barro” (Cf. 2 Cor 4, 7). Pero también, nos invita al reconocimiento de la llamada a ser “pastores” unos de otros, siguiendo el ejemplo del Buen pastor y acogiendo la vida de la gracia (Cf. Jn 10, 7-18).

22. El Sistema para la Cultura del Cuidado acoge el rico magisterio del Papa Francisco, quien propone renovar y revitalizar, la cultura del encuentro, de la cercanía, del gozo, de la belleza, de la ternura, de la reciprocidad, de la gratuidad, de la alegría, de la generosidad, de la solidaridad, del perdón, de la misericordia. En fin, cultura del cuidado.

Esa invitación la entendemos como una manera de revisar nuestras lógicas, actitudes, estilos de vida, formas de ejercer el poder y de encontrarnos, así como de relacionarnos como miembros de la Iglesia y como ciudadanos. Una cultura “donde cada persona tenga derecho a respirar un aire libre de todo tipo de abusos. Una cultura libre de encubrimientos que terminan viciando todas nuestras relaciones. Una cultura que frente al pecado genere una dinámica de arrepentimiento, misericordia y perdón, y frente al delito, la denuncia, el juicio y la sanción”5.

23. En síntesis, proponemos para la Iglesia en Colombia un Sistema para la Cultura del Cuidado que, en cuanto comunidad de personas, articule principios y valores con normas, procedimientos, estrategias, instituciones, autoridades y programas en función del mutuo cuidado.

Un Sistema orientado a la prevención y la atención de las violencias y los abusos cometidos por miembros de la Iglesia, que implique comunicación transparente y rendición de cuentas.

Sistema abierto que promueve el crecimiento de los hábitos buenos, libres y responsables del cuidado interpersonal.

24. En todo caso, el Sistema no es un fin en sí mismo; es un medio para aunar esfuerzos, articular instituciones, promover un trabajo coordinado, propiciar la participación de todos los integrantes del Pueblo de Dios y así responder de manera integral a la situación de los abusos cometidos por algunos miembros de la Iglesia.

Finalidad del Sistema

25. El Sistema para la Cultura del Cuidado tiene una finalidad pastoral, arquitectónica y restaurativa.

26. La finalidad pastoral es propia de la misión de la Iglesia; es responsabilidad del pastor cuidar a sabiendas de que Dios cuida de Esta pastoral ha de tener como modelo al Buen Samaritano que se hace cargo de aquel que sufre (Cf. Lc 10, 25-37).

El buen pastor, y así todo aquel que cuida, desarrolla actividades de prevención, porque se ocupa, de manera privilegiada, en evitar las violencias y los abusos, en intervenir los factores de riesgo y en privilegiar los factores de protección en los ambientes pertinentes.

También,el buen pastor dialoga y propicia espacios de comunicación veraz y transparente. Manifiesta explícitamente los esfuerzos y las acciones requeridas para la implementación de esta cultura, generando encuentros con las víctimas, sus familias y la comunidad.

El buen pastor es maestro: hace pedagogía del cuidado, brinda asesoría espiritual, psicológica y jurídica a víctimas y victimarios de esos delitos, propicia su sanación integral y la generación de ambientes cuidadores, protectores y seguros.

27. La finalidad arquitectónica consiste en establecer ambientes y estructuras específicas que coordinen la implementación y el desarrollo del cuidado.

28. La restaurativa se orienta a juzgar y sancionar a los agresores velando por el debido proceso y la presunción de inocencia, así como a restablecer los derechos, asistir, acompañar y reparar a las víctimas/sobrevivientes, a sus familias y a la comunidad.

29. En este contexto, el Sistema es garante de transparencia respecto a las acciones de los fieles de la Iglesia; hace un constante seguimiento a la implementación de los medios requeridos y se apoya en mecanismos de evaluación; asegura la accesibilidad para la presentación de la denuncia del delito, facilita el acceso a la justicia, canónica y estatal, y brinda la asesoría espiritual, psicológica y jurídica a las víctimas de esos hechos delictivos. Y en especial, previene encubrimientos y negligencias de las autoridades eclesiásticas ante acciones u omisiones que ocasionen un daño grave a otros, tanto si se trata de personas físicas como si se trata de una comunidad en su conjunto.

30. El Sistema para la Cultura del Cuidado asume el deber de las jurisdicciones eclesiásticas de establecer “uno o más sistemas estables y fácilmente accesibles al público para presentar los informes, incluyendo eventualmente a través de la creación de un oficio eclesiástico específico”6. Sin embargo, su alcance es mayor porque no solo es canal de denuncias, sino que articula de manera integral el cuidado en la Iglesia en Colombia.

Principios rectores e informadores

31. Los principios rectores que dan forma y que son los pilares del Sistema para la Cultura del Cuidado son:

  • I. El principio de la dignidad de las personas.
  • II. El principio de la centralidad de las víctimas.
  • III. El principio de la dignidad de los ministerios sagrados y de la autoridad como servicio.
  • IV. El principio de la cooperación entre la Iglesia, la sociedad en general y el Estado.
  • V. El principio de la comunicación transparente y de la rendición de cuentas.

Por su carácter de principios rectores, son contenidos de mandatos evangélicos y, en cuanto tales, exigencias de verdad y de justicia; por su carácter de principios informadores son claves dinámicas de articulación del Sistema.
Son, en definitiva, la “gramática” y la “brújula” del cuidado7. Constituyen los criterios básicos en los que se articula la unidad y la lógica interna de todo el sistema. Cumplen una triple función: integradora, hermenéutica y humanizadora.

32. Principio de la dignidad de las personas8. La persona humana es sagrada, así lo quiso y lo expresó Dios cuando la creó a su imagen y semejanza (Cf. Gn 1, 27), dándole un lugar privilegiado entre todos los demás seres de la naturaleza (Cf. Sal 8). El carácter sacrosanto de su ser hace que su dignidad sea inviolable, es decir, que deba respetarse y protegerse con especial solicitud y cuidado (Cf. Lc 10, 25-37).

Su violación constituye una grave afrenta, no solo a ella, sino también a Dios de quien es templo y morada (Cf. Jn 14, 23); por lo cual, el carácter sagrado de su condición es inherente a su ser personal, es decir, no es otorgado por un ordenamiento jurídico determinado, sino querido por Dios desde antes de la creación: “Dios nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para que vivamos ante él santamente y sin defecto alguno, en el amor” (Ef 1, 4-5).

El respeto, como correlato de la dignidad humana, representa un valor fundamental. Su agresión y menoscabo constituye un acto moral y jurídicamente reprochable, un delito. El respeto es igualmente derecho y deber en razón de la dignidad inherente a la persona y se constituye, al mismo tiempo, en límite al ejercicio del poder, como claramente lo proclaman los instrumentos jurídicos internacionales de derechos humanos.

Por tanto, la promoción de la dignidad humana y el respeto a la persona humana ni son ni pueden ser mera exigencia legal para la Iglesia, sino eje transversal de la doctrina y la espiritualidad cristiana que exige al pastor rechazar con vehemencia toda forma de violencia y abuso: “La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia”.

33. Principio de la centralidad de las víctimas. La triple finalidad (pastoral, arquitectónica y restaurativa) del Sistema para la Cultura del Cuidado presupone este principio de la centralidad de las víctimas. Adicionalmente, la Iglesia en Colombia quiere decir: “No más víctimas” y por ello se orienta a prevenir las violencias, evitar los abusos y reparar los daños causados.

De ahí nuestro compromiso de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para investigar los casos de abusos y administrar justicia, así como aplicar las medidas que sean necesarias y efectivas para cuidar, proteger y asistir a las víctimas de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia.

Exhortamos a los Institutos de vida consagrada, a las Sociedades de vida apostólica y a las diversas instituciones eclesiales para que asuman la responsabilidad que les corresponde en el cuidado de sus miembros.

También exhortamos a todos los fieles: clérigos, religiosos y laicos para que asumamos las consecuencias de nuestras acciones, especialmente en el caso de haber producido daño y también de nuestras omisiones: desidia, indiferencia, negligencia, encubrimiento e incluso cooperación indirecta.

34. Principio de la dignidad de los ministerios sagrados y de la autoridad como servicio. La vocación sacerdotal, religiosa o cualquier vocación de especial consagración en la Iglesia es considerada como una participación particular en la misión salvífica de Cristo.

Los clérigos son considerados, tanto por la doctrina como por el derecho de la Iglesia, “ministros sagrados”10. Es decir, su consagración, lo mismo que la de los religiosos que, a través del ejercicio de sus votos son un vivo reflejo de los valores del Reino de Dios, implica una particular dignidad dentro de la estructura del Pueblo de Dios que es la Iglesia, la cual exige, de su parte, ser verdadera imagen de Cristo en medio de sus hermanos, ser representante y encarnar los valores del Evangelio.

Dignidad ministerial no quiere decir, en absoluto, privilegios, excepciones o concesiones especiales en relación con los demás fieles de la Iglesia; quiere decir, sobre todo, vocación de servicio a los hermanos, donación, entrega de la vida hasta las últimas consecuencias, opción preferencial por los pobres y defensa incondicional de todo ser humano (Cf. Jn 13, 14; Mt 20, 27-28).

Recordamos aquí a Jesús, en el relato de la madre de los Zebedeos, quien busca los puestos de honor para sus hijos y recibe como respuesta: “… el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 26- 28).

Somos conscientes de que la autoridad que hemos recibido es un servicio y que una manera errónea de entenderla ha permitido las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia, entre otras, por parte de miembros de la Iglesia11.

El principio de la dignidad ministerial invita a superar el clericalismo que “genera una escisión en el cuerpo eclesial… y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos.

Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”.

Enfrentar “la pseudo cultura de los abusos” nos exige fomentar la participación, la consulta, así como la responsabilidad común de los fieles en el gobierno pastoral de la Iglesia; de este modo, generaremos vínculos y nuevos ambientes eclesiales conformes al Evangelio, respetuosos de la dignidad humana y de nuestra condición de hijos de Dios.

Queremos cultivar un estilo pastoral más abierto a la colaboración de todos los fieles, fundado tanto en el sacerdocio ministerial como en el sacerdocio común de los bautizados.

35. Principio de la cooperación con las autoridades estatales y con la sociedad en Respetando la plena libertad y mutua independencia de la Iglesia y del Estado (que incluye el derecho de la Iglesia a determinar las conductas que constituyen los delitos canónicos con sus respectivas penas y el derecho a desarrollar procedimientos canónicos pertinentes, libre de injerencias por parte del Estado), asumimos el compromiso para colaborar diligentemente en la búsqueda de la verdad, también en sede estatal, con el propósito de contribuir en la administración de justicia y en la prevención de las violencias y los abusos.

En relación con la obligación de comunicar a las autoridades estatales la notitia de delicto (noticia de delito) recibida aplicaremos dos máximas: (i) respeto a las leyes del Estado y (ii) respeto a la voluntad de la víctima, siempre que no se esté en contradicción con la legislación civil.

Nos comprometemos a evitar actos que puedan ser interpretados por las víctimas “como un obstáculo al ejercicio de sus derechos civiles ante las Autoridades estatales”14.

En igual forma, nos comprometemos a promover y mantener cooperación con las instituciones del Estado que protegen personas en situación de vulnerabilidad (niños, jóvenes, mujeres, personas en estado de discapacidad o ancianos) y buscaremos concertar acciones conjuntas ordenadas a la cultura del cuidado y a la prevención de todo tipo de violencias y de abusos en la sociedad colombiana.

36. El principio de la comunicación transparente y el de la rendición de cuentas actúan como dinámicas esenciales del Sistema. No son solamente necesarios para prevenir las violencias y los abusos cometidos por miembros de la Iglesia, sino para informar y hacer visible su actuar respecto de la cultura del cuidado, denunciar los casos y generar un encuentro reparador con las víctimas, sus familias y la comunidad.

Para que la comunicación sea transparente, afectiva y efectiva, recomendamos tener en cuenta:

  • Transparencia para generar credibilidad y sumar apoyo a la acción pastoral de la Iglesia para prevenir las violencias y los abusos.
  • Oportunidad y pertinencia en orden a dinamizar los diálogos y a evitar las crisis mediáticas desgastantes.
  • Empatía y misericordia para ayudar a los agresores y para comprender el dolor de las víctimas, de sus familias y de la comunidad.
  • Veracidad respetando la dignidad de las personas.
  • Visibilizar las acciones que la Iglesia adelanta en pro de generar una cultura del cuidado y prevenir las violencias y los abusos.

37. La rendición de cuentas es, en última instancia, el principio indicador de “responsabilidad” aplicable a toda persona que actúa consciente y libremente. Por tanto, se aplica tanto a quienes son atendidos por el Sistema (víctimas y agresores) como a quienes lo impulsan (autoridades eclesiásticas y fieles de la Iglesia en Colombia); implica, en cualquier caso, el deber de informar, explicar y dar a conocer de manera oportuna, veraz, comprensible, transparente, actualizada y completa los resultados de la gestión en la implementación del Sistema y en la prevención de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia en Colombia.

Esta rendición la entendemos como un proceso continuo que responde por los proyectos de prevención y restauración adelantados según una planeación adecuada y por el correspondiente seguimiento, y evaluación, todo ello en colaboración con el Consejo Nacional para la Cultura del Cuidado. En esos proyectos tendremos en cuenta metodologías pertinentes y cronogramas de trabajo, así como indicadores, entre otros, de gestión y de resultado, tanto para verificar los impactos de las acciones realizadas como para evaluar los logros.

Normativa del Sistema

38. La normativa aplicable en el Sistema será la legislación canónica, en especial la que se ha adoptado por parte de la Iglesia en relación con los delicta graviora (delitos graves). También aplicaremos, en lo que corresponda, la legislación estatal, siempre buscando respetar los derechos humanos, los derechos de las víctimas y de los agresores, así como el habeas data.

39. Se contará con una actualización permanente del “ABC de la legislación canónica sobre los delicta graviora” y del “ABC de la legislación estatal sobre las violencias y los abusos”, que forman parte de estas Líneas Guía y se incluyen como anexo.

Leave a Comment

Compartir este documento

II. Sistema para la cultura del cuidado

O copiar enlace

CONTENIDO