2. Indicadores de abuso sexual Lectura estimada: 10 minutos 1 vistas Líneas Guía de América · Uruguay2. Indicadores de abuso sexual Las notas al pie de este documento se consultan en el PDF original. Las situaciones de violencia contra niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables son muy heterogéneas, tanto por los contextos en que se producen (familia, centro educativo, instituciones, comunidad) como por la modalidad que adquieren (tipo de agresión, relación con la persona agresora, frecuencia y acumulación, entre otras variables). Por tanto, en este campo no es posible generalizar y resulta esencial tener en cuenta las especificidades del caso para determinar el diagnóstico de la situación y el camino a seguir. Los indicadores que hacen referencia a las situaciones de violencia son aquellos síntomas y signos11 que se manifiestan en formas físicas, emocionales y conductuales en las víctimas. En esta Guía nos vamos a referir a un tipo de violencia que es el abuso sexual. El relato de la víctima es uno de los insumos fundamentales en la etapa de revelación de la situación de abuso sexual, y que se confirma en porcentajes tan altos como el 95 % de los casos, por lo que será de vital importancia la credibilidad por parte de los adultos referentes: padres, educadores, animadores, catequistas, sacerdotes. Debe tenerse en cuenta que a menudo esa revelación llega con retraso, puede ser contradictoria, confusa, dependiendo de la etapa de desarrollo, así como de los sentimientos y emociones de la víctima.12 Los indicadores que se describen a continuación deben leerse como un sistema acumulativo y no tomarse por separado o como la suma de uno o más. Los sistemas de indicadores son útiles para estar alertas y tener elementos para una apreciación inicial. Desde los centros educativos, pastorales o sociales se realiza esa apreciación inicial y para ello es importante conocer las luces amarillas en la conducta de las personas vulnerables. Hay signos y síntomas que pueden ser apreciados por terceros. Otros son percibidos y descritos por las víctimas, tales como sensaciones corporales, sentimientos o pensamientos. Las formas en que se manifiestan estos indicadores son: el relato, las marcas físicas, el comportamiento anómalo, el bajo rendimiento escolar, el juego, el dibujo, entre otros. El diagnóstico específico de las situaciones de abuso sexual es un proceso que lleva su tiempo y debe ser realizado por técnicos y profesionales con formación específica. La actitud de alerta de los responsables frente a los signos externos y al relato de las personas que pueden estar sufriendo abusos, permitirá reunir y aportar información a los técnicos para realizar un diagnóstico adecuado. La determinación del abuso sexual es compleja. Algunos aspectos que se consideran para el diagnóstico son: la etapa vital de la persona; su entorno inmediato; las posibles reacciones para defenderse ante situaciones de crisis o adaptarse a Tipos de Indicadores Aquí se describen más bien aspectos que se encuentran en los abusos sexuales contra niños y niñas. Algunos de ellos son también aplicables a situaciones que sufren otras personas vulnerables. Indicadores físicos La revisación física debe estar a cargo de personal capacitado y autorizado para ello. Aquí se detallan aquellos indicadores que puedan ser observados por adultos que se vinculan con el niño o adolescente. Dificultad para sentarse o caminar por molestias en los Ropa interior manchada o Dolor y/o picazón en la zona Embarazo Dolor al Retroceso en el control de esfínteres. Enuresis (micción involuntaria) nocturna y/o encopresis (incontinencia fecal). Enfermedades de trasmisión sexual en genitales, ano, boca u Decaimiento inmunológico. Indicadores conductuales/actitudinales Agresividad o sometimiento ante Permanencia excesiva en la escuela, liceo o institución de Desconfianza respecto a las figuras significativas; resistencia o rechazo a estar solo con determinada persona. Trastornos del sueño, dificultad para concentrarse, cambios bruscos en el rendimiento educativo. Retraimiento, aislamiento, miedo, ansiedad; tristeza extrema; sentimientos de que su vida no tiene sentido. Evita participar en actividades recreativas por desconfianza. Evita cambiarse de ropa frente a otros o participar en actividades físicas. Miedo de que lo toquen. Conducta o conocimiento sexual sofisticado o inusual para su edad. Juego sexual persistente e inapropiado para su edad, sea con sus pares o con juguetes. Conductas insinuantes con adultos desconocidos. Promiscuidad sexual, comportamiento seductor. Forzar a otros entre sus pares a tener actos sexuales. Comportamientos extremos; autolesiones (se lastima a sí mismo). Consumo de sustancias psicoactivas sin prescripción médica. Sentimientos de la víctima ante el abuso sexual Ante las situaciones de violencia, la víctima puede sentir: Miedos: de las posibles represalias de su familia si cuenta lo que sucede; de que nadie le crea; de que la situación de violencia se agudice contra él o su familia; de su futuro (en ocasiones, sobre su orientación sexual). Angustia, ambivalencia y confusión. El abusador es una persona de su confianza, a quien también quiere y con quien tiene una relación muy cercana. La ambivalencia está determinada porque el destinatario de su afecto es también quien le ocasiona daño. El sentimiento de ambivalencia que predomina en estos niños o adolescentes les provoca mucha angustia y crisis emocional. Por un lado, sienten que son queridos, “especiales” (según palabras del propio abusador), que cuentan con ciertos privilegios por la situación vivida (reciben más atención, contacto físico y, en ocasiones, regalos), y a la vez sienten una sensación de dolor, angustia e incomodidad, de que algo “no está bien”. A esto se suma el miedo (a veces terror) de que rompiendo el silencio provoque la ruptura de la familia, la pérdida del cariño de sus padres, así como de que nadie les crea. Los niños que viven situaciones de abuso han roto la confianza en el mundo adulto y es necesario que la recuperen para contar lo que les sucede. El miedo, la angustia y la ambivalencia anestesian sus sentimientos y emociones (a veces el relato parece sin carga afectiva, como si le pasara a otra persona) y paralizan su capacidad de actuar. Vergüenza. Siente vergüenza de lo que pasó o de lo que está viviendo. Siente ganas de ocultarse, de ocultar su cuerpo. No quiere que lo toquen. Culpa. Siente que lo que sucede es culpa suya, que de alguna manera lo provocó y se lo merece. Cuando ayuda a revelar la situación, siente culpa por no haber sido leal a su familia y por haber traicionado el silencio que sostenía el circuito de abuso. En las personas que viven situaciones de violencia se produce el efecto de las “etiquetas cambiadas”. El niño, que es el agredido, es quien siente miedo, vergüenza, culpa, y suele justificar a su agresor con las palabras con las que éste fundamenta sus actos. Es el niño el que siente que está haciendo algo malo cuando es quien recibe la agresión. Etapas en la dinámica del abuso Según el Dr. Roland Summit13, en la dinámica del abuso se podrían identificar las siguientes etapas: a) Secreto. Esta situación se inicia muchas veces como un juego, como un secreto especial que el adulto tiene con el niño o la niña. Se trata de adultos de mucha confianza, respetados por los demás adultos de la familia y muy queridos por el niño, quien no puede imaginar que esa persona le haga daño. b) Impotencia. Al secreto se suman las amenazas, que generan miedo (o terror) no sólo a perder el cariño de ese adulto -pese a que le hace mal-, sino también a lastimar a su madre, a romper la familia. Todo esto genera un sentimiento de gran impotencia, un convencimiento de que de esa situación no se puede salir. El niño se convence del poder del adulto y de que él merece que eso le suceda. c) Encerramiento y “acomodación” (accomodation). Ante esta situación, el niño o la niña busca mecanismos de adaptación defensiva: “Cuando sabía que él venía a mi cuarto, me parecía que era parte de la pared”, “No sentía nada”, “No me acuerdo qué pasaba porque hacía de cuenta que no estaba ahí”. d) Divulgación retrasada, conflictiva, no convincente. Cuando se logra vencer el terror, romper el silencio y revelar la situación, en general hace mucho tiempo que ocurre. Las revelaciones suelen ser discursos confusos, pero cargados de angustia, vergüenza y terror. e) Retractación. Los niños no mienten cuando revelan que están viviendo estas situaciones. El fenómeno de la retractación -cuando el niño dice que lo que contó no es así- ocurre cuando comienza a percibir los cambios que se provocan en su entorno una vez que la situación se revela: cambios en la familia, peleas, separación, recriminaciones, angustia de su madre… Si a esto se suma un proceso de intervención en que el niño es revictimizado -debe relatar varias veces la situación vivida y dejarse revisar por distintas personas-, es muy probable que se retracte. Por lo tanto, si esto sucede, tenemos que continuar creyendo en él. Cuando la situación se conoce, la familia o el grupo no siempre reaccionan apoyando a la víctima. Muchas veces aparecen creencias y prejuicios que justifican o minimizan lo que sucede. En otros casos los referentes más cercanos confían, al principio, en quien ha sido victimizado; pero, una vez que se inician los movimientos familiares o comunitarios que la revelación provoca (separaciones, ruptura de vínculos, detenciones policiales, procesamientos judiciales, mudanzas…), la culpa circula y la víctima se siente culpable por lo que sucede en su familia y en su entorno. En algunas situaciones incluso es culpado explícitamente. Las intervenciones, los procedimientos y las resoluciones no siempre son comprensibles para los niños, quienes a menudo sufren como consecuencia una revictimización y mayor vulnerabilidad. Consecuencias sobre la víctima Las situaciones de maltrato y abuso sexual en los niños y adolescentes suelen provocar consecuencias en su desarrollo físico, psico-afectivo, social y espiritual que se pueden ir manifestando en diferentes etapas de la vida. Consecuencias físicas: tiene que ver con el cuerpo de la persona, su fisiología e Consecuencias psicológicas: se refieren a la salud mental de las personas. Daña la relación consigo mismo y con los demás, provocando debilitamiento, inseguridad, baja autoestima, pensamientos y tentativas de suicidio y muchas otras formas de desórdenes y de dificultades mentales. Consecuencias emotivas: también es una parte de la salud mental de la persona que se refiere en particular a la percepción, la integración y la relación de las víctimas con el mundo. El abuso puede generar confusión emotiva. Por ejemplo, puede llevar a una gran tristeza, una profunda desesperación, un sentido duradero de inadecuación y extrañeza con el mundo, un miedo constante de los demás. Consecuencias sociales: la persona puede tener dificultad en relacionarse con los demás, con su pareja, e incluso con los colegas o los empleadores. Consecuencias espirituales: la víctima puede perder la confianza en la bondad del mundo y de Dios y experimentar serias dificultades en su vida de Aquello que ha sostenido su vida espiritual (sacramentos, comunidad, referentes, etc.) queda en entredicho o es rechazado. Si el abuso es perpetrado por una persona que se manifiesta religiosa o en particular una autoridad religiosa, estas consecuencias son aún más traumáticas.