XII. Anexos Lectura estimada: 18 minutos 1 vistas Líneas Guía de América · EcuadorXII. Anexos Protocolo de Actuación frente a situaciones de violencia detectadas o cometidas en el sistema educativo, 2017. ¿Cómo identificar a una víctima? ¿De dónde provienen los abusos sexuales a menores? Protocolo de Actuación frente a situaciones de violencia detectadas o cometidas en el sistema educativo, Ministerio de Educación, 2017 Protocolo de actuación ante casos de violencia sexual detectada o cometida en la Institución Educativa. ¿Cómo identificar a una víctima? Un menor que ha sufrido abuso sexual puede sufrir diferentes consecuencias a corto y/o largo plazo. Con respecto a tales consecuencias, juegan un papel importante el estado de desarrollo del menor, su personalidad, la relación con el abusador, la intensidad y la duración del abuso sexual y el apoyo y la comprensión que ofrece el entorno del menor abusado. Los secretos y la intimidación juegan un papel importante en el abuso sexual de niños, adolescentes o personas vulnerables ya que el abusador tiene miedo de ser descubierto y condenado. Dado que por lo general es una persona bastante conocida y querida (por ejemplo: un padre, un tío, un vecino o un profesor del menor), las víctimas desarrollan sentimientos —al menos en parte— negativos hacia el abusador, pero al mismo tiempo acompañados por sentimientos positivos. Las víctimas, frecuentemente, no pueden aceptar que un ser querido les haya hecho algo malo. Así que, por un lado, aman a su padre, porque es una persona de confianza que normalmente cuida de ellos; y por otro lado, este padre es la persona que odian porque les hace daño tanto física como emocionalmente y les pide que hagan cosas que no quieren hacer. Es por esto que a menudo se da una cierta lealtad hacia el abusador. Puesto que no existe un “síndrome de abuso” claramente identificable, los cambios de comportamiento o anomalías repentinas e inesperadas deben tomarse siempre en serio, sin importar lo que las haya ocasionado. Los menores responden de forma individual y muy diferente a las experiencias de acoso y abuso sexual. Las anomalías siempre deben ser consideradas en el contexto del nivel de desarrollo, del ambiente social y de las condiciones de vida de la persona. Sin embargo, cabe considerar que las personas abusadas comparten su sufrimiento tanto por medios verbales como no verbales. El comportamiento que resulta del abuso sexual depende de la intensidad y de la duración del mismo, de la relación con el abusador, de los recursos de la víctima/superviviente para enfrentarlo y del apoyo de su entorno social. En cualquier caso, hay un síntoma de victimización sexual común a todas las víctimas, esto es, la vulnerabilidad aumenta con respecto a una posible revictimización, ya sea sexual por parte de otro abusador como verbal al ser culpabilizado del abuso por otros. Sólo se pueden mencionar unas cuantas señales informativas claramente atribuibles al abuso sexual y específicamente físicas. Por ejemplo: restos de semen, embarazo en mujeres sexualmente maduras, enfermedades de transmisión sexual, heridas o marcas de mordeduras en áreas genitales y rectales. El mayor problema en este caso es que tales signos —a excepción del embarazo— no pueden ser identificados por los profesores, educadores y padres. Mientras que los restos de semen, las enfermedades de transmisión sexual y el embarazo son síntomas físicos claros, las heridas en las áreas genitales y rectales y los moretones en los muslos también pueden ser consecuencia de un accidente. Por lo general, los síntomas que se presentan tras el abuso sexual no son específicos, lo que significa que pueden tener otras causas u origen. Así que, evidentemente, no se pueden utilizar los problemas conductuales específicos (por ejemplo, una conducta sexualizada) para determinar si un niño ha sido abusado sexualmente o no. Un conocimiento sobre la sexualidad poco común (por la edad de la persona), interés en el sexo o una conducta sexualizada pueden ser indicadores de abuso sexual, pero también pueden provenir de otras causas. Por ejemplo, un niño de 9 años habla durante el almuerzo a un amigo sobre algunas prácticas y expresiones sexuales. Este conocimiento no es apropiado para la edad del niño y su nivel de desarrollo. Aquí es necesario determinar si el niño tiene hermanos adolescentes con mayor interés y conocimiento sobre la sexualidad. También es importante aclarar si el niño tiene acceso a internet y, en ese caso si cuenta con asesoramiento y supervisión por parte de los padres. Generalmente, sólo el diálogo con el niño o adolescente lleva a descubrirlo, en el sentido de que proporciona evidencias de abuso o agresión sexual. En este contexto, también es importante señalar que hay que centrarse en el individuo y entender que el abuso o la agresión sexual no implican los mismos síntomas para todas las víctimas ni se presentan con la misma intensidad. Algunos supervivientes no han desarrollado signos clínicos -ya sean físicos o psicológicos. Estudios más o menos recientes (ver Kendall-Tackett, Williams & Finkelhor, 1993; Irish, Kobayashi & Delahanty, 2010) sobre las consecuencias y los indicadores del abuso sexual de menores muestran que, además de los indicadores psicosociales, las consecuencias pueden ser verificadas a nivel físico, psicológico y conductual (ver Fergusson, Boden & Horwood, 2008; National Society for the Prevention of Cruelty to Children, 2015; Social Care Institute for Excellence, 2015). Estas consecuencias pueden surgir después de un corto período de tiempo (consecuencias a corto plazo), o persistir durante un largo periodo de tiempo (consecuencias a largo plazo). Consecuencias psicosociales Algunas consecuencias psicosociales del abuso sexual pueden ser: impotencia, pérdida de confianza, silencio, vergüenza, culpabilidad o “deseo de desaparecer” (por ejemplo, Finkelhor, 1986; Finkelhor & Browne, 1986; Wilson 2010). A continuación, vamos a explicar esas consecuencias en mayor detalle: — Impotencia Los menores abusados sexualmente sienten que su voluntad y dignidad son insignificantes para el abusador, por lo que no los tratan como personas, sino simplemente como un objeto para la satisfacción de sus necesidades sexuales y el abuso de su poder. El abusador ignora sistemáticamente la oposición del niño, adolescente o adulto vulnerable, rompe su voluntad y por lo tanto aumenta su sensación de incapacidad e impotencia. — Pérdida de confianza En el contexto del abuso sexual, la confianza del niño como tal se ve debilitada, ya que buscan la causa de la violencia sufrida en su propia persona, preguntándose cómo y por qué sucedió esto. Les surgen dudas y preguntas como “¿qué he hecho mal?”, “¿qué hay de malo en mí?”, “¿por qué estoy siendo castigado de esta manera?”. El resultado es una pérdida de confianza en uno mismo y en su propia autodeterminación, así como un sentimiento de inutilidad y rendición. Las personas abusadas a menudo piensan que no han luchado lo suficiente contra el abuso. — Silencio El abuso sexual suele provocar que los niños, adolescentes y adultos afectados sean incapaces de hablar. No comprenden lo que han experimentado y no son capaces de explicar.— Sentimiento de culpa Con frecuencia existe una relación entre el agresor y la víctima antes de que el abuso sexual se lleve a cabo. Esta relación se caracteriza por el afecto, la confianza y la dependencia, y constituye la “base” para el abuso sexual, mientras el abusador va sexualizando cada vez más la interacción con el niño o el joven. Debido a una fusión confusa de afecto y violencia sexual, las víctimas a menudo encuentran dificultad en reaccionar ante el abuso. — Vergüenza El abuso sexual no sólo viola masivamente el sentido de privacidad del abusado, sino que éste último interioriza los actos y la humillación infligidos por el abusador y los integra en su propia imagen. Los menores no entienden la manipulación de los abusadores y se consideran responsables de hechos y sucesos de los que no lo son. En cierto sentido, las víctimas asimilan la vergüenza que el abusador debería tener. Se sienten manchadas e inútiles, y a menudo tienen miedo de que los demás, al mirarlas, puedan ver la violencia sexual que han sufrido. — “Deseo de desaparecer” Las personas que han sido víctimas de abuso sexual tratan de hacerse “invisibles” o “desaparecer” para hacer del abuso y su sufrimiento algo invisible para los demás. Consecuencias físicas Los signos físicos que alertan sobre el abuso sexual son raras, sin embargo, es importante reaccionar y llevar a la víctima a un médico u hospital para su observación. Las consecuencias físicas a corto plazo son, por ejemplo, enfermedades de transmisión sexual y lesiones en zonas genitales y anales específicas (Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños, 2015). conduce a cambios neurobiológicos asociados a procesos de regulación de las emociones, la memoria y el control de la atención y del comportamiento (Irish et al, 2010). Un médico puede ayudar a entender lo que está sucediendo o lo que pudo haber sucedido, así como a comprobar si hay enfermedades de transmisión sexual (por ejemplo, VIH o infecciones por hongos). Otros indicadores físicos y consecuencias del abuso sexual que se pueden mencionar son (Irish et al, 2010; Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños, 2015): Dolor, palidez, pérdida de sangre o secreciones en los genitales, ano o boca. Dolor persistente o recurrente durante la micción y la defecación. Enuresis o incontinencia nocturna inesperada no conectada con la enseñanza de control de esfínteres (pedir ir al baño). En el caso de un embarazo inesperado resultado de un abuso sexual, es fundamental ser conscientes de las complicaciones físicas para la madre, pero también de las posibles consecuencias psicológicas y psicosociales para la madre y el niño. Según Irish et al. (2010), otras consecuencias a largo plazo relacionadas con el abuso sexual son: Trastornos de dolor Enfermedades Enfermedades ginecológicos Aunque los signos y síntomas mencionados puedan parecer obvios, hay dos razones principales que hacen la evidencia más problemática (Speaking out – against child sexual abuse inc, 2015): Aún cuando un niño es brutalmente violado y herido, puede que no haya pruebas suficientes ya que los mismos resultados podrían tener distintas causas. El abuso sexual de menores se asocia a un aumento posterior del riesgo de deterioro de la salud física en muchas áreas del cuerpo y Los niños tienen una gran capacidad de recuperación y en muchos casos las heridas se curan rápidamente, por lo que las señales físicas no permanecen visibles durante mucho Indicadores Psicológicos Muchas víctimas supervivientes sufren síntomas psicosomáticos como resultado de la agresión o el abuso sexual —como dolor en los brazos, en la cabeza y el abdomen, fiebre, escalofríos, y parálisis— para los cuales normalmente no hay una causa física que pueda ser atribuible. Con respecto a las áreas psicológicas y sociales, los niños, los adolescentes o los adultos vulnerables —como se mencionó anteriormente— responden individualmente a la violencia sexual y al abuso. Las consecuencias psicológicas a corto plazo (American Psychiatric Association, 2013) pueden aparecer en forma de estrés, trastorno o reacción aguda (“shock”). A menudo, se puede observar un trastorno postraumático a medio-largo plazo (véase el punto 3 del presente documento) como también una mayor probabilidad de otros síntomas psicológicos tales como (por ejemplo, Chen et al, 2010; Hillberg, Hamilton-Giachritsis & Dixon, 2011; Maniglio, 2010; Wilson, 2010): Depresión Pensamientos suicidas Abuso de sustancias (por ejemplo: drogas, alcohol, psicofármacos, medicamentos). Trastorno de Trastorno de estrés postraumático (TEPT). Trastorno del sueño. Trastorno de la alimentación. Trastorno sexual. es también razón y explicación del por qué en la siguiente generación se da un mayor riesgo de repetición de la relación y la constelación abusador-víctima (ver Mallie, Viljoen, Mordell, Spice & Roesch, 2011). Indicadores conductuales Como se mencionó anteriormente, los niños, adolescentes y adultos vulnerables responden individualmente a las experiencias de abuso sexual según la intensidad, la duración, la relación con el abusador, los recursos psicológicos de la víctima para lidiar con la situación y el apoyo del entorno social. Los cambios de conducta en el ámbito social (aislamiento, agresión hacia sí mismo y/u otros, abuso de drogas y alcohol, trastornos de la alimentación, falta de concentración, regresión (por ejemplo, retornar a un comportamiento o a discursos infantiles), o conducta sexualizada, pueden ser el resultado de una agresión o abuso sexual, pero también pueden tener otras causas (por ejemplo Finkelhor, 1986; Kendall-Tackett et al., 1993; Kendall-Tackett, Williams & Fineklhor, 2001; Wilson, 2010; Department of Education – Government of Western Australia, Child Protection, 2014; Social Care Institute for Excellence, 2015). Con el fin de dar una visión más amplia y lograr una mejor comprensión, las consecuencias del abuso sexual a nivel conductual se presentan divididas en ejemplos de indicadores conductuales en niños, pre-adolescentes y adolescentes (ver Ministry of Children and Family Development, Canada, 2015). Los indicadores del comportamiento de abuso sexual que se observan en niños son: Llanto Baja capacidad de atención. Introducción de objetos en la vagina o en el Alteración o pérdida del Alteración del sueño y/o pesadillas. Miedo a la casa o a un lugar específico; miedo excesivo hacia hombres o mujeres. Juegos sexuales inapropiados para la edad, con juguetes, consigo mismo, o con otros (por ejemplo, repetición de actos sexuales explícitos). Dibujos y/o descripciones sexualmente explícitas, inapropiadas para la edad. Conocimientos sexuales extraños, avanzados o inususales. Volver a tener enuresis nocturna/incontinencia. Bajo autocuidado.. Los siguientes comportamientos pueden ser indicadores o consecuencias de un abuso sexual en pre-adolescentes y adolescentes: Repentina falta de interés en amigos o Reacción temerosa y sorpresiva ante el contacto físico. Gran interés en actividades Hostilidad hacia figuras de Necesidad constante de compañía. Esquemas regresivos de comunicación (por ejemplo discursos infantiles). Dificultades académicas o repentina disminución del rendimiento escolar. Fuga de casa. Uso de ropa provocativa o vestirse con varias capas para cubrir los moretones (por ejemplo, mantener la chaqueta puesta en ambientes internos). Falta de confianza en los demás. Deficiente higiene personal. Práctica de actos sexuales de diversas Es sabido que los niños pasan por diferentes etapas de desarrollo durante el crecimiento y que su conciencia y curiosidad por asuntos sexuales cambia cuando pasan de la niñez a la pubertad y a la adolescencia. Cada niño, como individuo, se desarrolla a su manera; esto se aplica especialmente a personas que sufren discapacidades mentales o físicas (ver Egeland, Jacobvitz y Sroufe, 1988; Shaffer & Kipp, 2013). Los niños discapacitados se pueden desarrollar a ritmos diferentes en función de la naturaleza de la discapacidad, y pueden ser más o menos vulnerables a los abusos. Los niños con problemas de aprendizaje, por ejemplo, pueden tener comportamientos sexuales desfasados con respecto a su edad. La educación de estos niños y adolescentes puede requerir una atención especial para ayudarles a entender su desarrollo sexual y para garantizar que puedan comunicar con eficacia cualquier preocupación que tengan. Además de estos aspectos, hay una variedad de conductas generalmente aceptadas que se asocian a la edad y etapa de desarrollo correspondientes (Shaffer & Kipp, 2013). A menudo, esto incluye exploraciones con otros niños de la misma edad. Puede ser difícil determinar cuál es la diferencia entre las exploraciones sexuales apropiadas para la edad y las señales que indican un comportamiento dañino. Es importante reconocer que personas de diferentes culturas tienen diferentes perspectivas de lo que podría ser el comportamiento adecuado en un niño y que, por lo tanto, cada niño se desarrolla a su propio ritmo y que no todos los niños presentan los comportamientos descritos anteriormente Las cuatro categorías enumeradas (psicosocial, física, psicológica y conductual) de posibles señales e indicadores del abuso sexual de menores no están necesariamente ligadas a una experiencia de agresión o abuso sexual. Por lo tanto, siempre es importante comprobar cuidadosamente si los síntomas observables pueden ser indicadores de problemas relacionados con el desarrollo, un trastorno mental, enfermedades físicas u otros problemas médicos. Sin embargo, los adultos —principalmente los padres, tutores y educadores— deben ser conscientes de estas señales y capaces de reconocerlas, ya que es su responsabilidad cuidar y proteger a los niños, adolescentes y personas vulnerables (Speaking out – against child sexual abuse inc, 2015). Alguien se podría preguntar: “¿cómo puedo reconocer que hay algo que está mal?” Pues es esencial observar y escuchar. En particular, observar a un niño que juega o dibuja puede dar algunas sugerencias: “¿cómo juega un niño con sus juguetes? ¿Qué palabras utiliza cuando juega? ¿Los juegos son apropiados para su edad? ¿Qué juguetes prefiere? ¿Qué representa el dibujo o la pintura del niño?” Otra pregunta que puede surgir es: “¿por qué es probable que el niño no cuente lo que pasó?”. Algunas razones son obvias y ya se han explicado (ver las consecuencias psicosociales). Aparte del sentimiento de culpa, una situación embarazosa o la vergüenza, el menor abusado sexualmente puede sentir miedo (porque fue amenazado o manipulado por el abusador), estar confundido o ser incapaz de entender lo que está sucediendo. Otras explicaciones pueden incluir el hecho de que el menor haya sido educado para respetar al adulto como autoridad, que el menor quiera proteger a otras personas que ama de amenazas o abusos, que piense que se trata de un asunto privado o que sienta que en cualquier caso nadie le va a creer (Speaking out – against child sexual abuse inc, 2015). Por tanto, los menores que sufren una agresión o abuso sexual, necesitan adultos que crean en ellos y no los culpen por tardar en comunicar lo que pasó. Necesitan a adultos capaces de imaginar que algo así pudo haber sucedido y de entender su sufrimiento. No es fácil escuchar y hablar de estos casos, pero vale la pena y es importante afrontarlos. No todos los cambios en el comportamiento o estado de ánimo tienen necesariamente como causa la agresión o abuso sexual (ver arriba). Los cambios de humor se pueden deber a la pubertad, la regresión en el niño también puede deberse a un cambio de posición dentro del grupo de amigos o podría ser causada por cuestiones familiares como la separación de los padres, la muerte de un ser querido, etc. Si un menor deja de practicar repentinamente un hobby, esto no es necesariamente el resultado de una agresión o un abuso sexual. Puede haber sido objeto de burlas por sus compañeros en un camarín deportivo o puede haberse enamorado de alguien que no corresponde a sus sentimientos. A este respecto, siempre es posible considerar hipótesis alternativas y debería tener lugar una reflexión sobre las circunstancias en las que emerge la sospecha de abuso sexual. Los padres, los tutores y los educadores deben concentrarse en su tarea y en su profesionalidad. Es su responsabilidad fomentar la confianza para que los menores afectados se animen a expresarse y se sientan apoyados. Para aclarar las sospechas, se puede consultar a un profesional (psicólogo, terapeuta, médico, responsable de una oficina de protección de menores u otros expertos formados en este campo). Muchos países, regiones o ciudades cuentan con departamentos específicos en hospitales, centros asistenciales, representaciones u oficinas especializadas en el tema del abuso sexual y el maltrato. Además, se deben tener en cuenta las directrices sobre la prevención del abuso sexual de menores y las partes relativas a los derechos de los niños y la protección de los menores en la legislación civil de un Estado. En cualquier caso, la confrontación del niño con el abusador debe evitarse, porque las consecuencias son incalculables y la protección del menor ya no podría estar garantizada.